miércoles, 16 de noviembre de 2016

La señora del 12 B


Ilustrado por Inés Calveiro


Elba se llamaba. Sí, Elba ¿O era Elsa? Ahora entro en duda. Lo que sí me acuerdo bien es el piso en el que vivía: el 12 B. Por eso nunca registré bien su nombre. Siempre decíamos “Ahí va la señora del 12 B”. También me acuerdo muy bien de su profesión, era bibliotecaria. La primera vez que lo dijo yo era chica y no terminaba de entender qué significaba ser bibliotecaria, pensaba que trabajaba con Biblias. Con el tiempo entendí lo que hacía, me gustaba saber que conocía a una bibliotecaria.
Con mi familia nos mudamos al edificio de la calle 25 de Mayo a principio de la década de los noventa. La señora del 12 B ya vivía ahí.
Cierro los ojos y recuerdo el día en que la vi por primera vez. Volvía del colegio, venía caminando con mi mamá, en una mano llevaba un helado de agua, sabor limón. Me encantaba el sabor cítrico que me invadía la boca. Me daba escalofríos, de esos que te hacen cerrar los ojos y encoger los hombros.
La otra mano me la agarraba mi mamá, creo que hasta los 9 años siempre me llevaba de la mano y yo la dejaba, después me empezó a dar vergüenza. Estábamos en otoño, pero seguían los días con máximas de 32º. Me había sacado el corbatín del uniforme y ansiaba llegar a casa para sacarme el jumper gris y ponerme algún vestido con flores, de los que usaba en el verano. Cada tanto me agachaba y juntaba alguna hoja caída del árbol, las iba guardando en el bolsillo de la mochila que llevaba mi mamá, porque pesaba mucho para mi pequeño cuerpo de seis años. Iba cantando una canción de Xuxa y disfrutando del ruido crujiente de las hojas ocres que pisaba en el suelo.
De repente me callé. Una señora muy alta pasó por al lado mío, llevaba un vestido color naranja, que se hamacaba en su cuerpo con cada paso que daba. Los tacones golpearon la vereda caliente. Me rozó mínimamente con su cartera marrón, fue algo sutil porque ella no se dio cuenta, e inmediatamente me envolvió su perfume. El olor era penetrante, no pasaba desapercibido. Una mezcla de jazmín, con spray fijador para el pelo, con el interior del placard de mi abuela, que siempre estaba lleno de naftalina para las polillas. Un olor desagradable. Lo primero que hice fue toser. Mis diminutas fosas nasales habían aspirado demasiada fragancia. Me maree un poco, pero no le dije nada a mi mamá para que no se asustara. Además la señora siguió su camino, no la iba a volver a ver, ni sentir. Fue un pensamiento erróneo. A medida que nos acercabamos a la entrada del edificio, donde vivíamos, el olor seguía estando y yo seguía tosiendo. Mamá pensó que me había ahogado con el helado. Se apuró en sacar las llaves de su bolso y abrió la puerta. Los jazmines marchitos, el spray fijador y la naftalina estaban reunidos en el hall de entrada y allá a los lejos ella esperando el ascensor. Mi mamá avanzó hacia donde estaba la señora. Yo me escondía detrás de la diminuta figura de mi madre, al lado de aquella alta y gran señora, las dos parecíamos unas hormigas.
—Buenas tardes —dijo mi madre.
—Buenas tardes —dijo la señora.
Luego se movió a un costado saludándome a mi y ahí recién pude ver su cara. La señora llevaba anteojos, con mucho aumento, porque sus ojos eran más grandes de lo normal. Y el pelo parecía una peluca, porque los rizos eran perfectos de color caoba.
Yo me aferré más a mi madre, aplastando mi nariz contra la falda para que el olor me dejara de perseguir. Llegó el ascensor y la señora abrió las dos puertas, nos señaló para que pasemos primero, mi madre caminaba como podía con mi mochila repleta de libros, cuadernos y cartucheras, que pesaba casi como yo, y arrastrándome a mí, que me tenía pegada a su espalda.
—¿A qué piso van?— preguntó la señora.
—Noveno —respondió mi madre.
—Son nuevos en el edificio ¿Verdad? —dijo la señora—. Mi nombre es Elsa —o quizás dijo Elba no lo sé—, mucho gusto, vivo en el 12 B, cualquier cosa que necesite puede contar conmigo.
—Mucho gusto. Sí, somos nuevos, todavía nos estamos adaptando, siempre vivimos en casa, así que esto de vivir en un edificio es nuevo para nosotros. Usted también, si necesita algo me dice.
Yo trataba de contar los pisos en mi cabeza, para saber cuánto faltaba, ahora el olor era peor, estaba concentrado en un espacio reducido. Pensaba en lo fuerte que era mi mamá, que podía resistir aquel martirio olfativo sin ninguna protección. Trataba de concentrar mis pensamientos en otra cosa, creo que en el eterno viaje en ascensor armé un ranking de los mejores gustos de helado: limón, chocolate, crema del cielo, frutilla al agua, naranja y cuando se me ocurrió agregar tramontana a la lista, llegamos a nuestro piso.  Mamá abrió las dos puertas. Yo seguía en la misma posición. Mi madre se despidió y entramos a casa. Una vez cerrada la puerta respiré hondo una y otra vez, quería absorber todo el aire limpio que no había podido tener en los últimos y eternos diez minutos.
Comenzamos a coincidir día a día con ella, en el hall de entrada y en el ascensor. Entonces tuve que ir aprendiendo métodos para controlar la inhalación del aire cuando estaba en presencia de ella. Una de mis formas era contener la respiración durante el viaje en ascensor, aunque era de las más difíciles. En invierno era más fácil, al usar bufanda podía ocultar la mitad de mi cabeza en ella. También solía usar el brazo como escudo o taparme con la mochila aunque me resultara muy pesada.
Con el tiempo y con la coincidencia diaria en el ascensor me fuí acostumbrando al olor. Además la señora del 12 B comenzó a caernos bien a mi madre y a mi. Si ahora lo pienso, me doy cuenta que era buena oradora, utilizaba palabras extrañas, para mi en ese momento, pero sonaban bien. Contaba lo justo y necesario, sabía resumir sus historias y decir mucho en poco tiempo. Durante mi época de primaria, en los días de semana, y del hall al piso 9, nos fuimos poco a poco enterando cómo era su vida. Primero supimos que trabajaba en la biblioteca de un colegio, por eso siempre la encontrábamos a esa hora, su horario de salida era el mismo que el mío. Que vivía sola. No se había casado. Sólo tenía una sobrina que vivía en Bariloche y cada tanto salía con sus amigas del secundario a tomar el té. Un día nos contó que solo se enamoró una vez, pero que fue un amor no correspondido en sus años de estudiante en la Universidad de Buenos Aires. Nos habló de los poemas de Pablo Neruda, de Alfonsina Storni y de su admiración por Virginia Woolf. En una oportunidad mencionó que su sueño era viajar a Europa, conocer París, Madrid, Roma, Barcelona. Le gustaba escuchar a Mercedes Sosa, a Serrat y mirar películas de Fellini. Otro día en que ella volvía de hacer unas compras, nos contó que iba a cocinar unas empanadas que le hacía su madre con pasas de uva, tenía los ojos llorosos ese día.
Cuando comencé la secundaria mis horarios cambiaron. Iba al colegio por la mañana, dejé de verla. Cada tanto la cruzaba un sábado por la mañana en el año. Pero muchas veces entraba al edificio y sabía que ella había estado allí, porque todo el hall y el ascensor olía a su perfume.
Al iniciar la universidad tenía horarios más complicados aún y tampoco estaba mucho en casa. Trabajaba en el día, cursaba por la tarde. Tenía mucho por leer. Creo que para esa época comencé a cruzarme con los libros que ella había mencionado en los viajes en el ascensor. Después me fui a vivir a otro edificio, otro barrio, más tarde otra ciudad, otro país.  No supe más de ella.
Ayer decidí ir a pasear por el parque, bajé por el Paseo Sant Joan, necesitaba distender mi mente, dejar atrás la semana. Quería aprovechar el domingo para recargar energías y disfrutar de los primeros días de otoño, mi estación del año preferida. La calle estaba tranquila, no había muchos coches circulando. Cada tanto el timbre de una bicicleta se hacía oír para avisar que iba a pasar. Los árboles ya tenían sus hojas color ocre y cada tanto algunas se desprendían y planeaba en el aire, lentamente, hacia el suelo, allí se acumulaban formando una alfombra natural color marrón. Mi paso era rápido y el día estaba caluroso, tuve sed y paré en un super a comprar un helado, elegí uno de agua, sabor limón. Seguí caminando hasta llegar al Parque de la Ciudadela. Disfruté del gusto cítrico, del frío pegando en mi paladar y la sensación agria del limón al llegar a mi garganta. Me dio escalofríos, cerré los ojos y encogí los hombros.
Elegí un banco para sentarme a leer. Estaba por terminar un libro que había sacado de la biblioteca y debía devolver pronto. El sol me pegaba en la cara, y decidí interrumpir, por un momento, la lectura. Apoyé el libro en mi falda y cerré los ojos. Estaba cansada, necesitaba aquietar pensamientos. Traté de concentrarme en mi respiración. Inhalé y exhalé reiteradas veces. Una brisa acercó a mi nariz un olor particular. Al principio me costó reconocer qué era. Me resultaba familiar. Me esforcé y pude distinguir jazmines, fijador para el pelo, naftalina. Hacía años que no sentía ese olor, el olor a la señora del 12 B. Tres niñas que jugaban a unos metros con unas muñecas comenzaron a decir “¡Que feo olor!” y se reían mientras con sus manos se tapaban la nariz.
Abrí los ojos y vi a una señora alta, grande, de espaldas, que caminaba hacia la salida del parque. Un vestido naranja se hamacaba en su figura. La miré hasta que se perdió entre los transeúntes, su olor se quedó un rato más mientras terminaba las últimas páginas de un libro de Virginia Woolf.


Código de registro: 1611169834840

martes, 15 de noviembre de 2016


"Elba se llamaba. Sí, Elba ¿O era Elsa? Ahora entro en duda. Lo que sí me acuerdo bien es el piso en el que vivía. El 12 B. Por eso nunca registré bien su nombre. Siempre decíamos “Ahí va la señora del 12 B”. "

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martes, 4 de octubre de 2016

El peine del viento

Obra: "El peine del viento". Foto tomada en Donostia-San Sebastián en Septiembre del 2016 
—Me prestas tu peine —le dijo el Mar al Viento—. Necesito estar bonito, hay fiesta en la ciudad y no puedo ir así. Las algas están frizzadas y tanta espuma me pone el pelo blanco, quiero peinarlo para que se vea turquesa y algunos mechones azules. También voy a aprovechar para embellecer a los peces que habitan en mí. ¡Ay que ganas de ir a la fiesta, de disfrutar y ver a la gente bailar! Ellos siempre me miran a mí y yo los acaricio con mis olas, los refresco y divierto. Aunque a veces me tienen miedo, lo sé. Lo hago sin querer, no me doy cuenta, yo solo quiero impactarlos, que me vean importante y me sientan en todo su ser. Aunque tenga miles de años, sigo siendo un niño inocente que necesita atención. ¡Ey viento! ¿Me oyes? ¿Me prestas tu peine?
—Lo siento, estaba soplando ¡Claro que te lo presto! Pero no tardes mucho que yo también necesito lucirme este día, necesito bajar el volumen, para que no sientan ventiscas, sino brisas. Es un día importante, necesito entrar peinado en la ciudad. 





(*) El Peine del Viento XV (comúnmente conocido como Peine del Viento o El Peine del Viento) es un conjunto de esculturas de Eduardo Chillida sobre una obra arquitectónica del arquitecto vasco Luis Peña Ganchegui, siendo probablemente su obra más importante y conocida.
Se encuentra situado en un extremo de la Bahía de La Concha, al final de la Playa de Ondarreta, en el municipio de San Sebastián, en la provincia de Guipúzcoa, en el País Vasco. Está compuesto por tres esculturas de acero, de 10 toneladas de peso cada una, incrustadas en unas rocas que dan al mar Cantábrico, cuyas olas las azotan.
La obra fue finalizada en 1976. Además de las esculturas, se acondicionó una zona en los alrededores de las mismas con unas salidas de aire y agua que se abastecen de las olas que rompen contra las rocas y las esculturas.
http://peinedelviento.info/

martes, 20 de septiembre de 2016

Un viento la trajo


Miré al cielo pero ya se había ido. Fue un instante en donde sucedieron muchas cosas juntas, muchas señales que por suerte pude interpretar. 
Primero se levantó un viento, de esos que hacen subir en forma de remolino las hojas de la calle, que vuelan faldas y sombreros. Entonces todo se llenó de olor a bizcochuelo con trocitos de nuez.
Pasó un grupo de italianos, lo raro fue que sólo repetían la palabra “cuscino”, como sino existiese ninguna otra palabra en su vocabulario. Empecé a darme cuenta de lo que estaba pasando, quedé atontada en el medio de la calle y un chico me chocó, sin querer, iba bebiendo una lata de sprite. Gire sobre mi propio eje, con la mirada perdida, hasta que fijé mis ojos en un balcón, había un perro siberiano ladrando.
Una segunda ráfaga de viento me envolvió llenándome de imágenes y sonidos.
—¡Nena! Alcánzame el cuscino —me dijo la abuela Fina 
Mientras se acomodaba para dormir la siesta en su cama grande e inmensa. Los tacos de sus zapatos retumbaban en el suelo de madera. Arriba de la cabecera de la cama estaba su retrato de cuando era joven. Pero cuando la miré a ella, ya no estaba ahí. Ahora las dos tomábamos mate con bizcochuelo con trocitos de nuez y ella se reía a carcajadas contándome que la habían elegido la Reina de la primavera en la fiesta del club de jubilados.
Entonces abrí la heladera, pero no podía encontrar nada, todos los estantes estaban llenos de botellas de sprite. La abuela se acercó y me preguntó si me gustaba su nueva mascota.
—No ladra ni muerde —dijo riéndose
Se había comprado un gran perro siberiano, que la esperaba inmóvil a los pies de la cama, nunca se movía porque era un perro de peluche. Me puse a reír fuerte con ella, al cerrar los ojos, perdí el equilibrio y casi me caigo para el costado. 
—Nena ¿Te sentís bien? —preguntó un señor que pasó por la calle y que vio como estaba por caerme. Volví de mi estado onírico. Miré al cielo pero ya se había ido.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

El fin (sin fin)


—Me cayó una gota.
—Sí, a mí también.
Hacía muchas semanas que todo había comenzado. Un tiempo antes de que sonaran los petardos en la noche de San Juan.
El primer chapuzón de temporada siempre es glorioso y recordado. Volver a sumergirse en el mar, hacer la plancha, nadar, llenarse de sal.
Muchas tardes en posición horizontal sobre la arena, el cuerpo vuelta y vuelta. El primer tiempo color camarón, luego algunos más dorados o morenos y bueno otros también siguen blancos.
Siestas en la playa, durmiendo con el murmullo de la gente que está alrededor o el sonido de algún reggaetón que suena en un teléfono. Luego la inmersión en algún sueño que transcurre en otoño, invierno o primavera…despertarse por el sudor, el calor y darse un baño sonriendo sabiendo que aún seguimos en verano.
Y entonces cuando el sol comenzaba a dar indicios de que iba a apagarse, comenzaba la ronda de mate o destapábamos alguna cerveza en la playa o en una terraza. Y con el correr de los días se sumaron más amigos, se multiplicaron las amistades y con ellas las anécdotas
Los días se hicieron más largos, las noches más cortas y divertidas. Llegaron las fiestas, los festejos del barrio, las calles adornadas. Yendo de un lado a otro, bebiendo y bailando. Viendo lunas llenas, menguantes, crecientes, nuevas e irreales.
—Creo que se viene la lluvia, y a partir de mañana cambia el clima—dijo alguien.
Todos reímos, reunidos en un jardín de un viejo teatro, con las copas ya vacías, pero con el corazón lleno de alegría.
El cielo desprendió la lluvia como quien desprende un secreto que contuvo por mucho tiempo. Todos vimos que era tiempo de cambiar el bañador por chaquetas, el café con hielo por uno caliente, los pareos por el sofá con manta, los bailes en las calles por las pelis y series en casa. Compartir lluvias, fríos y vientos, esperar para oler la primera flor y entonces recién será tiempo de darse un chapuzón e inaugurar el verano otra vez.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Vuelta dado



Era lunes o jueves, se me mezclan los días. Volvía de hacer una clase de gimnasia, después de varios años, había retomado la actividad física. Estaba cerca del baño, me iba a dar una ducha reparadora, cuando me resbalé y caí de espalda al suelo. Entonces todo cambió, todo se dio vuelta para mí… Las orejas pasaron a estar en los pies y los dedos en la cabeza. Empecé a escuchar las gotas de agua que caían en la bañera, los muebles que corría mi vecina, el compás de las agujas del reloj que marcaban los segundos. Eran los mismos sonidos de siempre, pero ahora los escuchaba desde el otro extremo de mi cuerpo y el frío no subía desde abajo, sino que iniciaba en la parte alta de mi templo.
Las piernas ocuparon el lugar de los brazos y los brazos el de las piernas. El ombligo cambió su lugar con la boca. Ya no hablaba desde lo alto y con prepotencia, ahora lo hacía desde el medio y con más mesura. Los dedos de los pies eran acariciados por el aire que corría por mi cabeza, se movían más rápido, se divertían. Por primera vez se relajaban, ya no tenían tanta responsabilidad, porque no se apoyaba en ellos todo el peso de mi vida. Lo mismo que las piernas, estaban en una posición con más flexibilidad y mejor ubicación. Las rodillas eran codos, los muslos eran bíceps y los tobillos unas muñequitas.
Como pude me levanté, haciéndole frente, o mejor dicho, haciéndole planta, porque ahora estaba ahí la planta del pie; me levanté para continuar con mis días, con mi vida.
Ahora que pienso, cuando me fui a inscribir al gimnasio, había un cartel grande, con el nombre del lugar y su slogan, me resultó gracioso y me reí sutilmente. Nunca pensé que podía ser real, decía: “El deporte cambia tu vida”. Y la verdad que sí, tenía toda la razón.

lunes, 9 de mayo de 2016

Florula borda "Alianza"

Cuando Florula camina por Madrid se transforma en una transeúnte particular y mágica. En cada paso que da respira y se inspira.
Camina por el Retiro con los ojos bien abiertos, con el sol en su cara y el cantar de los pájaros en sus oídos .Atraviesa Gran Vía y analiza cada detalle que se cruza frente a ella. Baila en Malasaña. Come postres en Chueca. Corre a orillas del río Manzanares. Dibuja en La Latina. Compra telas con historias en El Rastro. Borda en los jardines de sabatini o en el campo del Moro.
Todo lo absorbe con sus cinco sentidos y los disfruta con el corazón. Lo traduce en sus ilustraciones y piezas bordadas, transmitiendo su pasión y delicadeza por todo lo que hace, nos muestra sus ganas de disfrutar la vida y experiencias.
Cuando arme sus maletas y cruce el gran charco, deberá pagar exceso de equipaje, lo se...porque cuando llegue al DF volverá con el rush de quien viaja y se pierde y aprende.
Y con nuevos hilos y agujas bordará con sus pasos a su adorable México otra vez.
Puedes seguir los pasos de Florula en http://www.florula.com.mx/

"Alianza" bordado por Florula

El templo mágico de Florula


"Hace cuarenta y cinco años que estoy con ella, en verdad puedo decir que con los dos. Porque si bien vivo en el dedo anular de ella, formo parte de la historia, del compromiso y del sello de ambos."

"Estuve siempre, creo que soy más testigo que el mismísimo Dios. "

" Y ella lo acompañó, sin dudarlo. Como desde los catorce. Incondicional, siempre enamorada."

"Cuando los veo dándose un piquito, sigo viendo a los jóvenes que crecieron, que siempre siguieron adelante, a pesar de todo, volando juntos, siendo novios, siendo esposos, siendo padres y siendo abuelos."