martes, 4 de octubre de 2016

El peine del viento

Obra: "El peine del viento". Foto tomada en Donostia-San Sebastián en Septiembre del 2016 
—Me prestas tu peine —le dijo el Mar al Viento—. Necesito estar bonito, hay fiesta en la ciudad y no puedo ir así. Las algas están frizzadas y tanta espuma me pone el pelo blanco, quiero peinarlo para que se vea turquesa y algunos mechones azules. También voy a aprovechar para embellecer a los peces que habitan en mí. ¡Ay que ganas de ir a la fiesta, de disfrutar y ver a la gente bailar! Ellos siempre me miran a mí y yo los acaricio con mis olas, los refresco y divierto. Aunque a veces me tienen miedo, lo sé. Lo hago sin querer, no me doy cuenta, yo solo quiero impactarlos, que me vean importante y me sientan en todo su ser. Aunque tenga miles de años, sigo siendo un niño inocente que necesita atención. ¡Ey viento! ¿Me oyes? ¿Me prestas tu peine?
—Lo siento, estaba soplando ¡Claro que te lo presto! Pero no tardes mucho que yo también necesito lucirme este día, necesito bajar el volumen, para que no sientan ventiscas, sino brisas. Es un día importante, necesito entrar peinado en la ciudad. 





(*) El Peine del Viento XV (comúnmente conocido como Peine del Viento o El Peine del Viento) es un conjunto de esculturas de Eduardo Chillida sobre una obra arquitectónica del arquitecto vasco Luis Peña Ganchegui, siendo probablemente su obra más importante y conocida.
Se encuentra situado en un extremo de la Bahía de La Concha, al final de la Playa de Ondarreta, en el municipio de San Sebastián, en la provincia de Guipúzcoa, en el País Vasco. Está compuesto por tres esculturas de acero, de 10 toneladas de peso cada una, incrustadas en unas rocas que dan al mar Cantábrico, cuyas olas las azotan.
La obra fue finalizada en 1976. Además de las esculturas, se acondicionó una zona en los alrededores de las mismas con unas salidas de aire y agua que se abastecen de las olas que rompen contra las rocas y las esculturas.
http://peinedelviento.info/

martes, 20 de septiembre de 2016

Un viento la trajo


Miré al cielo pero ya se había ido. Fue un instante en donde sucedieron muchas cosas juntas, muchas señales que por suerte pude interpretar. 
Primero se levantó un viento, de esos que hacen subir en forma de remolino las hojas de la calle, que vuelan faldas y sombreros. Entonces todo se llenó de olor a bizcochuelo con trocitos de nuez.
Pasó un grupo de italianos, lo raro fue que sólo repetían la palabra “cuscino”, como sino existiese ninguna otra palabra en su vocabulario. Empecé a darme cuenta de lo que estaba pasando, quedé atontada en el medio de la calle y un chico me chocó, sin querer, iba bebiendo una lata de sprite. Gire sobre mi propio eje, con la mirada perdida, hasta que fijé mis ojos en un balcón, había un perro siberiano ladrando.
Una segunda ráfaga de viento me envolvió llenándome de imágenes y sonidos.
—¡Nena! Alcánzame el cuscino —me dijo la abuela Fina 
Mientras se acomodaba para dormir la siesta en su cama grande e inmensa. Los tacos de sus zapatos retumbaban en el suelo de madera. Arriba de la cabecera de la cama estaba su retrato de cuando era joven. Pero cuando la miré a ella, ya no estaba ahí. Ahora las dos tomábamos mate con bizcochuelo con trocitos de nuez y ella se reía a carcajadas contándome que la habían elegido la Reina de la primavera en la fiesta del club de jubilados.
Entonces abrí la heladera, pero no podía encontrar nada, todos los estantes estaban llenos de botellas de sprite. La abuela se acercó y me preguntó si me gustaba su nueva mascota.
—No ladra ni muerde —dijo riéndose
Se había comprado un gran perro siberiano, que la esperaba inmóvil a los pies de la cama, nunca se movía porque era un perro de peluche. Me puse a reír fuerte con ella, al cerrar los ojos, perdí el equilibrio y casi me caigo para el costado. 
—Nena ¿Te sentís bien? —preguntó un señor que pasó por la calle y que vio como estaba por caerme. Volví de mi estado onírico. Miré al cielo pero ya se había ido.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

El fin (sin fin)


—Me cayó una gota.
—Sí, a mí también.
Hacía muchas semanas que todo había comenzado. Un tiempo antes de que sonaran los petardos en la noche de San Juan.
El primer chapuzón de temporada siempre es glorioso y recordado. Volver a sumergirse en el mar, hacer la plancha, nadar, llenarse de sal.
Muchas tardes en posición horizontal sobre la arena, el cuerpo vuelta y vuelta. El primer tiempo color camarón, luego algunos más dorados o morenos y bueno otros también siguen blancos.
Siestas en la playa, durmiendo con el murmullo de la gente que está alrededor o el sonido de algún reggaetón que suena en un teléfono. Luego la inmersión en algún sueño que transcurre en otoño, invierno o primavera…despertarse por el sudor, el calor y darse un baño sonriendo sabiendo que aún seguimos en verano.
Y entonces cuando el sol comenzaba a dar indicios de que iba a apagarse, comenzaba la ronda de mate o destapábamos alguna cerveza en la playa o en una terraza. Y con el correr de los días se sumaron más amigos, se multiplicaron las amistades y con ellas las anécdotas
Los días se hicieron más largos, las noches más cortas y divertidas. Llegaron las fiestas, los festejos del barrio, las calles adornadas. Yendo de un lado a otro, bebiendo y bailando. Viendo lunas llenas, menguantes, crecientes, nuevas e irreales.
—Creo que se viene la lluvia, y a partir de mañana cambia el clima—dijo alguien.
Todos reímos, reunidos en un jardín de un viejo teatro, con las copas ya vacías, pero con el corazón lleno de alegría.
El cielo desprendió la lluvia como quien desprende un secreto que contuvo por mucho tiempo. Todos vimos que era tiempo de cambiar el bañador por chaquetas, el café con hielo por uno caliente, los pareos por el sofá con manta, los bailes en las calles por las pelis y series en casa. Compartir lluvias, fríos y vientos, esperar para oler la primera flor y entonces recién será tiempo de darse un chapuzón e inaugurar el verano otra vez.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Vuelta dado



Era lunes o jueves, se me mezclan los días. Volvía de hacer una clase de gimnasia, después de varios años, había retomado la actividad física. Estaba cerca del baño, me iba a dar una ducha reparadora, cuando me resbalé y caí de espalda al suelo. Entonces todo cambió, todo se dio vuelta para mí… Las orejas pasaron a estar en los pies y los dedos en la cabeza. Empecé a escuchar las gotas de agua que caían en la bañera, los muebles que corría mi vecina, el compás de las agujas del reloj que marcaban los segundos. Eran los mismos sonidos de siempre, pero ahora los escuchaba desde el otro extremo de mi cuerpo y el frío no subía desde abajo, sino que iniciaba en la parte alta de mi templo.
Las piernas ocuparon el lugar de los brazos y los brazos el de las piernas. El ombligo cambió su lugar con la boca. Ya no hablaba desde lo alto y con prepotencia, ahora lo hacía desde el medio y con más mesura. Los dedos de los pies eran acariciados por el aire que corría por mi cabeza, se movían más rápido, se divertían. Por primera vez se relajaban, ya no tenían tanta responsabilidad, porque no se apoyaba en ellos todo el peso de mi vida. Lo mismo que las piernas, estaban en una posición con más flexibilidad y mejor ubicación. Las rodillas eran codos, los muslos eran bíceps y los tobillos unas muñequitas.
Como pude me levanté, haciéndole frente, o mejor dicho, haciéndole planta, porque ahora estaba ahí la planta del pie; me levanté para continuar con mis días, con mi vida.
Ahora que pienso, cuando me fui a inscribir al gimnasio, había un cartel grande, con el nombre del lugar y su slogan, me resultó gracioso y me reí sutilmente. Nunca pensé que podía ser real, decía: “El deporte cambia tu vida”. Y la verdad que sí, tenía toda la razón.

lunes, 9 de mayo de 2016

Florula borda "Alianza"

Cuando Florula camina por Madrid se transforma en una transeúnte particular y mágica. En cada paso que da respira y se inspira.
Camina por el Retiro con los ojos bien abiertos, con el sol en su cara y el cantar de los pájaros en sus oídos .Atraviesa Gran Vía y analiza cada detalle que se cruza frente a ella. Baila en Malasaña. Come postres en Chueca. Corre a orillas del río Manzanares. Dibuja en La Latina. Compra telas con historias en El Rastro. Borda en los jardines de sabatini o en el campo del Moro.
Todo lo absorbe con sus cinco sentidos y los disfruta con el corazón. Lo traduce en sus ilustraciones y piezas bordadas, transmitiendo su pasión y delicadeza por todo lo que hace, nos muestra sus ganas de disfrutar la vida y experiencias.
Cuando arme sus maletas y cruce el gran charco, deberá pagar exceso de equipaje, lo se...porque cuando llegue al DF volverá con el rush de quien viaja y se pierde y aprende.
Y con nuevos hilos y agujas bordará con sus pasos a su adorable México otra vez.
Puedes seguir los pasos de Florula en http://www.florula.com.mx/

"Alianza" bordado por Florula

El templo mágico de Florula


"Hace cuarenta y cinco años que estoy con ella, en verdad puedo decir que con los dos. Porque si bien vivo en el dedo anular de ella, formo parte de la historia, del compromiso y del sello de ambos."

"Estuve siempre, creo que soy más testigo que el mismísimo Dios. "

" Y ella lo acompañó, sin dudarlo. Como desde los catorce. Incondicional, siempre enamorada."

"Cuando los veo dándose un piquito, sigo viendo a los jóvenes que crecieron, que siempre siguieron adelante, a pesar de todo, volando juntos, siendo novios, siendo esposos, siendo padres y siendo abuelos."

jueves, 14 de abril de 2016

Alianza

"Alianza" bordado por Florula
     Hace cuarenta y cinco años que estoy con ella, en verdad puedo decir que con los dos. Porque si bien vivo en el dedo anular de ella, formo parte de la historia, del compromiso y del sello de ambos.
Cuantas cosas ví, escuché y compartí. Ella nunca me alejó de su mano. Aunque hubo momentos críticos, crisis, siempre me tuvo. Creo que su ingenuidad nunca le permitió pensar en ninguna otra posibilidad. Seguro nunca se le cruzó por su cabeza dejar a su amor. Su amor de toda la vida. Literalmente, porque lo conoció a los catorce años. Sus costumbres, sus enseñanzas, sus sueños, sólo hacen que tengan un único pensamiento: volar siempre juntos.
     Mi compañero hace rato que se fue, un día él y ella discutieron. La familia se había agrandado y la casa quedaba chica. Él es cabeza dura, siempre hay un “No” que antecede cualquiera de sus frases.  Antes de vender, comprar, regalar, piensa todas las posibilidades que tiene para poder conservar y guardar todo. No puede desprenderse de nada. El viejo calefón estuvo meses en el balcón después de que fue cambiado. El centro musical ganado en una rifa de fin de año, se quedó mucho tiempo después del final de sus días. Las herramientas de su padre, aunque están oxidadas y no sirven,  están guardadas en un cajón. Eso sí, lo mejor conservado es el traje de compromiso, eso si no se regala, está intacto. Y menos mal, porque sirvió para salir de un apuro cuando uno de sus yernos no tenía nada que ponerse en una fiesta.
     Volviendo al día aquel, cuando la partida de mi compañero era inminente, él se puso coloradísimo cuando ella mencionó  vender el anillo. Siguió negado, no quería dar el brazo a torcer. Ella tenía muchos argumentos a favor. Hacía mucho que no lo usaba, primero porque un día trabajando, una de las máquinas enganchó el anillo y casi pierde el dedo. El susto hizo que la alianza vaya a parar al cajón. Pero también, el aumento de peso colaboró para que el anillo siga en el mismo lugar. Cada tarde cuando él llegaba del trabajo, bueno, que llega, porque es una costumbre que sigue en vigencia, no merienda, ni toma mate, sino que toma su querido vermuth, su “caramelito”, una extraña mezcla de Fernet, Cinzano, Terma y soda. Siempre acompañado de una “picadita” claro. Que ella siempre prepara, claro. Tanto embutido, se fue manifestando en la panza, en el cuello, en los brazos, en los dedos. Chau anillo en el dedo, no entraba, su estadía siguió siendo el cajón de la mesa de luz.
 Pero esa noche, mientras los chicos dormían y ellos charlaban, me di cuenta que el chau iba a ser definitivo. Como siempre ella lo convenció.  Sí, siempre lo convenció. Que la luna de miel sea en Córdoba propuso ella, él dijo “No”. Pero la foto en el cucú de Carlos Paz quedó hermosa.   Vacaciones de invierno con los Gómez en Mendoza, él dijo “No”. Pero terminamos conociendo el Cañón del Atuel. Cambiemos la casa por un departamento más céntrico, él dijo “No”. Pero terminamos viviendo en el noveno piso. 
Cuando entré al nuevo hogar me preguntaba en que había reencarnado mi compañero, en donde estaría. ¿En la pared? ¿En los muebles del living o en el juego de cama y mesas de luz del dormitorio? Nunca lo supe.
     Estuve siempre, creo que soy más testigo que el mismísimo Dios. Estuve en la época de las vacaciones ideales en Necochea, cuando eran jóvenes, y tenían ganas de llevarse el mundo por delante, y se divertían, y proyectaban y disfrutaban a sus hijos y hasta soñaban con vivir en esa ciudad los trescientos sesenta y cinco días del año. En esa época, todo brillaba, todo lo podían.
Pero también estuve cuando las ganas se iban apagando, el sistema los iba derrotando. Vi como un día, él, con más de cincuenta décadas encima, decidió dejar todo. Todo lo construido durante más de treinta años, todo el trabajo, todo el esfuerzo. Sintió que la plata no importaba, pero si su salud y dignidad. Empezó de nuevo, de cero. De ser jefe y dueño, a ser empleado y pedir permiso. Y ella lo acompañó, sin dudarlo. Como desde los catorce. Incondicional, siempre enamorada.
Cuando los veo juntos, siento que siguen siendo esos adolescentes, que en los años sesenta se comprometieron, se casaron, que hicieron su casa, ahorrando centavo a centavo con cada peinado que hacía ella y con cada zapato que hacía él. Que se sorprendieron con la pronta llegada del primer hijo, que buscaron con amor a la segunda y que una noche de clericó les trajo la tercera.
Cuando los veo dándose un piquito, sigo viendo a los jóvenes que crecieron, que siempre siguieron adelante, a pesar de todo, volando juntos, siendo novios, siendo esposos, siendo padres y siendo abuelos.

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