"En cada vaso, ella comienza a sonreír, sintiendo que algo le sale bien, ese raro sentimiento que hacía mucho no sentía: saber que alguien se fija en ella."
"Un roto para un descosido" ilustrado por Filoluleando
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domingo, 11 de diciembre de 2016
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viernes, 19 de febrero de 2016
Fragmento de "Ana"
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miércoles, 17 de febrero de 2016
Hey Sosi ilustra "Ana"
A fines del año pasado me crucé con Hey Sosi y le pregunté, tímidamente admito, si tenía ganas de ilustrar un cuento. Dijo que sí inmediatamente. Quería que fuese “Ana” porque además del personaje principal el otro protagónico lo tiene el MAR. Y para mí Sofía es mar… es grande, profunda, con momentos de calma y otros días es inquieta y majestuosa, un equilibrio necesario y precioso. Tiene mucha vida en su interior, produce energía y la comparte con los demás; las reparte con sus trazos que se transforman en olas de colores que rompen en la orilla de sus obras.
Su compromiso, su talento y pasión por el arte refuerzan su nombre, porque sí, ella es sabiduría. Entonces, vuelvo a afirmar: Sofía es mar... y todo lo que la rodea, su familia, su perrita Angel, quienes nos cruzamos en su vida, las ciudades que transita, las lenguas que aprende, las vivencias que la forman y transforman son sus granitos de arena, que la inspiran y completan poco a poco su paisaje marino, sus desafíos y sueños. Una vez más ¡Efjaristó polí Sofía!
Comparto también lo que me envió esta increíble artista chipriota junto con las ilustraciones:
"Pues la inspiración para esta ilustración viene del estilo de arte folclórico de Grecia.
La sirena, una criatura muy presente en la mitología/antología y cultura griega especialmente en las islas del Mar Egeo (Aegean Sea). Asi que Ana es nuestra sirena, que con su canto misterioso e hipnotizador arrastra hasta Hades su otro 'yo'.
En una mano lleva la llave de todos sus miedos, en la otra un ramo de arándanos rojos como protección antiséptica de sus heridas.
La paloma blanca con la hoja de laurel, trae la libertad junto con las olas del mar, que llevan a nuestra protagonistas hasta su propia Nirvana."
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| "Ana" ilustrado por Hey Sosi |
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| La sirena, una criatura muy presente en la mitología/antología y cultura griega especialmente en las islas del Mar Egeo (Aegean Sea). Asi que Ana es nuestra sirena, que con su canto misterioso e hipnotizador arrastra hasta Hades su otro 'yo'. (Palabras de Hey Sosi, enviadas durante el proceso de trabajo) |
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"Cuando la ola quitó la bikini del cuerpo de Ana, también arrancó todo lo que no la hacía feliz.
Junto a la tela de lycra, se fueron todas las cosas que ella quería perder, que ella quería cambiar. "
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La paloma blanca con la hoja de laurel, trae la libertad junto con las olas del mar, que llevan a nuestra protagonistas hasta su propia Nirvana.
(Palabras de Hey Sosi, enviadas durante el proceso de trabajo)
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| En una mano lleva la llave de todos sus miedos, en la otra un ramo de arándanos rojos como protección antiséptica de sus heridas. (Palabras de Hey Sosi, enviadas durante el proceso de trabajo) |
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"La celulitis pataleaba para no ser succionada. En cambio, la flacidez de los brazos se rindió, se dio cuenta que no había mucho por hacer."
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"Ana se dio cuenta que era el inicio de otra era. Que era otra Ana. Una Ana despojada literalmente de todo. Dispuesta a comenzar de cero."
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jueves, 11 de febrero de 2016
Ana
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| Ilustrado por Hey Sosi |
Cuando la ola quitó la bikini del cuerpo de Ana,
también arrancó todo lo que no la hacía feliz.
Junto a la tela de lycra,
se fueron todas las cosas que ella quería perder,
que ella quería cambiar.
Su rutina, vacía y monótona, salió del interior de Ana.
Se fue barrenando una ola.
Quería alcanzar la orilla.
Pero la fuerte concentración de sal en el agua,
provocó la desintegración.
provocó la desintegración.
La rutina en verdad era débil,
no resistía la espontaneidad de las sales.
Terminó perdida y desorbitada entre la espuma blanca del mar.
Todos los complejos que estaban adheridos en Ana,
se disgregaron en pequeñas partículas.
Un torbellino los iba atrapando.
Pronto la arena comenzó a absorberlos.
La celulitis pataleaba para no ser succionada.
En cambio, la flacidez de los brazos se rindió,
se dio cuenta que no había mucho por hacer.
La falta de confianza y el miedo a no ser querida por otro,
salieron volando.
Querían esquivar la purificación de Ana,
esconderse por un momento y volver para instalarse más tarde.
Pero el ego, les impidió ver que se acercaba un viento poderoso,
que los arrastró hasta la escollera.
Quedaron atrapados en la carnada de un pescador.
La falta de confianza y el miedo a no ser querida por otro,
empezaron a temer.
Su trabajo, fue el que corrió peor suerte.
Se lo comió un pez bastante hambriento,
que pasó justo en el momento de la catarsis.
Y a su vez el pez fue devorado por una golondrina,
que se fue volando bien lejos.
Ana se dio cuenta que era el inicio de otra era.
Que era otra Ana.
Una Ana despojada literalmente de todo.
Dispuesta a comenzar de cero.
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1602116490844
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lunes, 8 de febrero de 2016
“Cuando la ola quitó la bikini del cuerpo de Ana, también arrancó todo lo que no la hacía feliz.”
Próximamente "Ana"
Ilustrado por: Hey Sosi
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viernes, 5 de febrero de 2016
Fragmento "Digan Whisky"
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miércoles, 3 de febrero de 2016
Florencia Merlo ilustra "Digan Whisky"
De Florencia conozco su trabajo, sus ilustraciones, sus personajes. Sé que la inspira la naturaleza y la música y entiendo que las emociones y sentimientos la atraviesan de tal forma que no pasan junto a ella, sino a través de ella y eso se ve reflejado en sus dibujos, en sus retratos.
De Florencia pude averiguar que le gusta el chocolate amargo y viajar… que cuando viaja le encanta hacer fotos y que esas fotos también nos muestra su percepción, su selección de la realidad, su mirada sensible, curiosa y creativa.
De Florencia pude comprender que le gusta soñar, proyectar y asumir desafíos e ir más allá de los límites. Haciendo realidad lo que quiere, lo que sueña, enfrentándose y disfrutando de lo que va pasando, usando “el amor como un puente y el puente como un viaje”.
Nunca la vi a Flor en persona, pero hace rato que sé de ella….y aunque aún no haya visto sus gestos al conversar, ni la haya mirado a sus ojos, siento que aún así pude descubrir lo más importante: su esencia.
¡Ah! También sé algo más... sé que pronto nos encontraremos cara a cara, para disfrutar de una cañita, en la ciudad que hoy nos une estando lejos de casa, brindaremos por los sueños y comeremos juntas un chocolate amargo.
Puedes ver más de su hermoso trabajo en: http://florenciamerlo.com.ar/
De Florencia pude averiguar que le gusta el chocolate amargo y viajar… que cuando viaja le encanta hacer fotos y que esas fotos también nos muestra su percepción, su selección de la realidad, su mirada sensible, curiosa y creativa.
De Florencia pude comprender que le gusta soñar, proyectar y asumir desafíos e ir más allá de los límites. Haciendo realidad lo que quiere, lo que sueña, enfrentándose y disfrutando de lo que va pasando, usando “el amor como un puente y el puente como un viaje”.
Nunca la vi a Flor en persona, pero hace rato que sé de ella….y aunque aún no haya visto sus gestos al conversar, ni la haya mirado a sus ojos, siento que aún así pude descubrir lo más importante: su esencia.
¡Ah! También sé algo más... sé que pronto nos encontraremos cara a cara, para disfrutar de una cañita, en la ciudad que hoy nos une estando lejos de casa, brindaremos por los sueños y comeremos juntas un chocolate amargo.
Puedes ver más de su hermoso trabajo en: http://florenciamerlo.com.ar/
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| "Digan Whisky" ilustrado por Florencia Merlo |
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| El espacio de trabajo de Flor y los primeros bocetos |
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"...“Whisky” dijo Hugo, el bañero de la pileta que ese verano había inmortalizado a todos los socios del club con sus fotos. Vos sonreíste, estabas orgullosa de tu sonrisa sin dientes."
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| "Posaste con tu mejor amiga, porque sola te daba vergüenza. Tenían la misma edad y estaban todo el tiempo juntas." |
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| "Era el final de la temporada. Tu cara estaba tostada. Tu nariz pelada. Era el final de tu mejor verano. Tu verano sin dientes. El verano de Sindi." |
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Fotos que inspiran relatos... que traen recuerdos...
Condi y Sindi (verano de 1993)
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jueves, 28 de enero de 2016
Digan Whisky
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| Ilustrado por Florencia Merlo |
“Whisky” dijo Hugo, el bañero de la pileta que ese verano había inmortalizado a todos los socios del club con sus fotos.
Vos sonreíste, estabas orgullosa de tu sonrisa sin dientes. Le habías pedido a todo el mundo que no te llamaran por tu nombre porque ahora eras Sindi.
Posaste con tu mejor amiga, porque sola te daba vergüenza. Tenían la misma edad y estaban todo el tiempo juntas. Como ella sí tenía todos los dientes la apodaste Condi.
Ese verano lo inauguraste con la caída de tu paleta izquierda. Con el dinero que te dejó el ratón Pérez te compraste unas antiparras, que junto con Condi, fueron tus aliadas todo el verano.
La paleta derecha se te cayó promediando enero en San Bernardo. Lo que te dejó el ratón esta vez, lo gastaste un poco jugando al pac-man, otro poco en el wonderboy y lo último en la feria hippie. Fuiste con tu hermana y elegiste una moneda de la amistad. Cuando llegaste a Buenos Aires le diste una mitad a Condi y la otra mitad te la colgaste del cuello con un hilo negro. Celebraron con un helado de agua de palito. Vos elegiste de frutilla, porque era tu preferido y ella el de limón.
En los días de verano te sentías libre. No había reloj despertador. No tenías que cumplir horarios, ni hacer la tarea, ni ponerte el uniforme del colegio. Aunque si tenías otro uniforme: la malla, el toallón de pluto, el gorro de lycra, las antiparras y las ojotas.
No todo era fácil en esos días. Tenías que enfrentar algunos desafíos cotidianos. Primero pasar por la revisación médica. Siempre rezabas para adentro un ave María para que no te encuentren ningún piojo o liendre y tenías una técnica para abrir rápido los dedos de los pies aunque sabías que no tenías nada. Escuchar el ruido del sello contra tu carnet y el saludo del doctor diciendo “Nos vemos en quinces días” te generaba un profundo alivio.
Después quedaba lo peor, pasar el laberinto de duchas que separaba el vestuario de la pileta. Respirabas hondo y pasabas a toda velocidad. Y ahí si arrancaba tu día. Te tirabas bomba, te tirabas de cabeza, te tirabas de palito. Mortal atrás, mortal adelante. Un poco de sol para secarse, el toallon de pluto como pareo y te ibas con Condi en busca de helado. A las dos le gustaba tomarlo mientras se hamacaban, charlando del futuro, y de lo que querían ser cuando sean grandes.
Y de nuevo el desafío del laberinto de duchas para ingresar otra vez a la pileta. Respirabas hondo y acelerabas tu paso. Bomba, vuelta carnero, la vertical, búsquedas del tesoro bajo el agua.
Pasaron las semanas y llegó el último día de pileta. Se terminaba tu estación del año preferida. Entonces te invadía la nostalgia. Tenías que despedirte de los chapuzones, los helados, el sol y del tiempo sin tiempo.
A una parte tuya le entusiasmaba la idea de volver al colegio. Descubrir que maestra te iba a tocar ese año. Comprar una nueva cartuchera y forrar los cuadernos.
“¿Sacamos una más por las dudas?” Dijo Hugo. Y volviste a poner tu mejor sonrisa. Era el final de la temporada. Tu cara estaba tostada. Tu nariz pelada. Era el final de tu mejor verano. Tu verano sin dientes. El verano de Sindi.
Safe Creative / Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
1601256331185
Vos sonreíste, estabas orgullosa de tu sonrisa sin dientes. Le habías pedido a todo el mundo que no te llamaran por tu nombre porque ahora eras Sindi.
Posaste con tu mejor amiga, porque sola te daba vergüenza. Tenían la misma edad y estaban todo el tiempo juntas. Como ella sí tenía todos los dientes la apodaste Condi.
Ese verano lo inauguraste con la caída de tu paleta izquierda. Con el dinero que te dejó el ratón Pérez te compraste unas antiparras, que junto con Condi, fueron tus aliadas todo el verano.
La paleta derecha se te cayó promediando enero en San Bernardo. Lo que te dejó el ratón esta vez, lo gastaste un poco jugando al pac-man, otro poco en el wonderboy y lo último en la feria hippie. Fuiste con tu hermana y elegiste una moneda de la amistad. Cuando llegaste a Buenos Aires le diste una mitad a Condi y la otra mitad te la colgaste del cuello con un hilo negro. Celebraron con un helado de agua de palito. Vos elegiste de frutilla, porque era tu preferido y ella el de limón.
En los días de verano te sentías libre. No había reloj despertador. No tenías que cumplir horarios, ni hacer la tarea, ni ponerte el uniforme del colegio. Aunque si tenías otro uniforme: la malla, el toallón de pluto, el gorro de lycra, las antiparras y las ojotas.
No todo era fácil en esos días. Tenías que enfrentar algunos desafíos cotidianos. Primero pasar por la revisación médica. Siempre rezabas para adentro un ave María para que no te encuentren ningún piojo o liendre y tenías una técnica para abrir rápido los dedos de los pies aunque sabías que no tenías nada. Escuchar el ruido del sello contra tu carnet y el saludo del doctor diciendo “Nos vemos en quinces días” te generaba un profundo alivio.
Después quedaba lo peor, pasar el laberinto de duchas que separaba el vestuario de la pileta. Respirabas hondo y pasabas a toda velocidad. Y ahí si arrancaba tu día. Te tirabas bomba, te tirabas de cabeza, te tirabas de palito. Mortal atrás, mortal adelante. Un poco de sol para secarse, el toallon de pluto como pareo y te ibas con Condi en busca de helado. A las dos le gustaba tomarlo mientras se hamacaban, charlando del futuro, y de lo que querían ser cuando sean grandes.
Y de nuevo el desafío del laberinto de duchas para ingresar otra vez a la pileta. Respirabas hondo y acelerabas tu paso. Bomba, vuelta carnero, la vertical, búsquedas del tesoro bajo el agua.
Pasaron las semanas y llegó el último día de pileta. Se terminaba tu estación del año preferida. Entonces te invadía la nostalgia. Tenías que despedirte de los chapuzones, los helados, el sol y del tiempo sin tiempo.
A una parte tuya le entusiasmaba la idea de volver al colegio. Descubrir que maestra te iba a tocar ese año. Comprar una nueva cartuchera y forrar los cuadernos.
“¿Sacamos una más por las dudas?” Dijo Hugo. Y volviste a poner tu mejor sonrisa. Era el final de la temporada. Tu cara estaba tostada. Tu nariz pelada. Era el final de tu mejor verano. Tu verano sin dientes. El verano de Sindi.
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lunes, 25 de enero de 2016
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Próximamente: "Digan Whisky"
Ilustrado por: Florencia Merlo
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viernes, 22 de enero de 2016
martes, 19 de enero de 2016
Ameskeria ilustra "Había una vez una gata"
Me gusta escuchar la voz dulce de Ameskeria… la voz de Leire. Me encanta cuando dice “Ganchitos” entonces sus ojos brillan… brillan como cuando tiene enfrente una mesa llena de tebeos o un plato con los mejores quesos, o un día de playa espléndido.
Cuando Leire habla o canta, su voz endulza a quien la escucha, y su pasión por el ganchillo, los objetos encontrados para sus tiny stories, los conceptos que arma, desarma y con los que juega...los desafíos que busca y el mundo entre hilos y lanas parece ser la síntesis de todo lo que ama.
Me gusta toparme con gente apasionada… me gusta haber conocido a Leire… me gusta ir de potes y pintxos con ella… me gusta ser contemporánea de una artista, de una mujer inusual… ojalá un día me firme un libro suyo...
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| "Había una vez una gata" ilustrado por Ameskeria |
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| Ameskeria busca pequeños objetos o deja que los objetos la encuentren a ella y así cuenta sus #microcuentos sus #tinystories... |
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| Un detalle del proceso... del cruce de vidas... "Entonces nos miramos. Yo admiraba su vida. Quería que fuese mía por un día." |
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| Cuando le pregunté a Ameskeria que cosas la inspiraban, me dijo " la naturaleza, los recuerdos de la infancia y la música." |
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| Un poco de ganchillo, ramitas... |
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| "Comenzó la mañana, pero ella no volvía. De nuevo la tarde, ella no volvía. Se hizo de noche y nunca más volvió. Se fue conmigo, con mi cuerpo. Me dejó con ella, con su cuerpo." |
jueves, 14 de enero de 2016
Había una vez una gata
| Ilustrado por Ameskeria |
Había una vez una gata. Muy maja, muy maca… les estoy hablando de mi gata. Ella vivía tranquila. Jugaba por las noches y dormía de día.
Teníamos rutinas diferentes. Cuando yo salía a trabajar ella dormía. Y cuando yo decidía irme a la cama ella empezaba su día.
Al ser una gata tranquila, yo la premiaba todos los días. Antes de irme a dormir, dejaba en el piso algunas aceitunas, eran sus preferidas, eran sus trofeos por ser una gata amiga.
La saludaba con un "hasta mañana" y me iba a la cama. De las seis horas aproximadas que yo dormía, mi gata repartía sus actividades, tenía una rutina. Las noches la alertaban, se despertaba, se potenciaba.
El primer cuarto de hora lo usaba para perseguir moscas, mosquitos y polillas. Durante la siguiente hora y media saltaba por los muebles de la casa. La silla de la cabecera de la mesa era la largada inicial de su recorrido. Y de la silla al sofá, y del sofá a la biblioteca, de la biblioteca al escritorio, del escritorio a la mesa, otra vez por la silla, ahora recorría a saltos la mesada, la heladera, alacenas, la cocina y retornaba a la silla. Medía los saltos, calculaba distancias, estiraba sus patas, con sus almohadillas amortiguadoras y caía con precisión en la siguiente superficie.
Luego usaba otra hora para bañarse. Siempre fue una gata muy limpia. La veterinaria la elogiaba en cada visita. Decía "que gatita mas pulcra" y yo orgullosa sonreía, aunque el mérito era sólo de ella. Su pecho blanco, siempre estaba blanco. Impoluto. Lamía su larga cola, sus intimidades, sus patas mullidas, la flacidez de su panza rosadita, su cara con nariz de corazón y sus orejas agudas y alertas.
Unos diez o quinces minutos los dedicaba a chupar bolsas de plástico. Para ella era un vicio. Como para algunos lo es fumar, o ir al bingo o comer chocolate. Lo que para el perro el hueso. Para el ratón el queso. Para la tortuga la lechuga. Para ella, chupar bolsas o cualquier superficie de polietileno. Ella disfrutaba la sensación de chocar su lengua rugosa contra la superficie del nylon.
Luego tomaba un poco de agua y buscaba un sitio para recostarse. Se acomodaba desparramada con las patas hacia arriba. El nylon la dejaba en éxtasis. Estado ideal para su siguiente actividad: ronronear. Debo contarles un secreto. El ronroneo de los gatos es como tararear para nosotros. Mi gata usaba esa parte de su día para cantar, y sus canciones preferidas eran de los Rolling Stones. Hasta llegó a re-bautizar un tema y le puso "Catisfaction". Ronroneaba feliz sus temas conocidos y con su cola marcaba el compás de la música.
Promediando la noche llegaba el momento de afilarse las uñas siempre en el mismo lugar, la funda de la guitarra, ese objeto estaba destinado a ese fin. Se afilaba, se preparaba y cuando notaba que estaba en condiciones comenzaba el juego. Primero tenía que subirse a la mesa e inspeccionar que cosas había y evaluar qué de todo lo que había servía para su juego. Por suerte siempre yo dejaba algo. Quizás un lápiz, o una goma de borrar, o una hebilla, una moneda, o un corcho del vino que se había tomado en la cena. Entonces poniendo curva su pata, y dándole toques como si fuese una jugadora de hockey, llevaba el objeto elegido y encontrado hasta la punta de la mesa. Daba el empuje certero. Veía, con su grandes ojos verdes y en la penumbra, como el objeto empezaba a deslizarse desde el borde y caía inevitablemente al abismo, hacia el piso en cámara lenta. En tiempo felino un parpadeo. El objeto aterrizaba en la superficie y ahí ya estaba ella lista para jugar por toda la casa. Toque tras toque, metiendo goles en muchos arcos, en las sillas, en el sofá, la mesa, el escritorio.
Finalmente llegaba el momento cumbre. Salía al balcón, se acomodaba como una esfinge, alzaba el cuello y miraba la luna al menos una hora seguida. Ese círculo blanco la hipnotizaba. Imaginaba cómo sería pisar la luna, cómo sería esa sensación, como sería la superficie. Por momentos trataba de pensar de qué manera o con que salto podía llegar hasta allá arriba. Hacía cálculos matemáticos, diseñaba estrategias, desafiaba con su imaginación los límites de ese balcón. Pero en cuanto aparecían los primeros claros de luz, se le caía el cansancio encima y entraba para dormir sobre el sillón que había sido de mi abuela. Ese era el lugar más reconfortante de la casa para ella. Perfecto para descansar después de toda su actividad nocturna. Daba vueltas sobre si, se acomodaba en forma de nudo y se dormía. Soñaba siempre las mismas cosas. Con una escalera infinita hecha de lápices, gomas, corchos y hebillas que la llevaba a la luna. Perseguía moscas, mosquitos y polillas. En su sueño la superficie lunar era de nylon, y ella corría feliz saltando y chupando la luna.
Un día llegué de trabajar, ella estaba acostada y cuando sintió las llaves abrió los ojos. Me acerque, la acaricie y la saludé como hacía siempre. Entonces nos miramos. Yo admiraba su vida. Quería que fuese mía por un día. Quería quedarme en casa y jugar por la noche y dormir de día. No ir a trabajar, no tomar el colectivo, ni salir a la vorágine de la ciudad. Nos miramos por un tiempo prolongado y ella entendió todo. De su boca salió un "Miau" e inmediatamente me transporte a su cuerpo. Acordamos que ella sería yo y yo ella. Ella iría a mi trabajo y yo me quedaría en la casa.
Entonces cuando el sol se escondió y la luna se posó en lo alto de la noche, ella dejó aceitunas en el piso y se fue a dormir a mi cama. Me sentía muy entusiasmada, hacía mucho que no me pasaba.
Intuitivamente comencé su rutina. Comí las aceitunas. Perseguí moscas, mosquitos y polillas. Salté por todos los muebles, llegué a lugares que nunca había podido estar por mi tamaño, contemple mi casa desde lo más alto, desde la vitrinas de las copas. Luego me bañé, higienice el cuerpo de mi gata. Lamí la cola, las partes íntimas, la panza, el pecho, la cara, las orejas. Fuí lo más flexible que podía llegar a imaginar. Ni siquiera cuando iba a yoga pude lograr esas cosas.
Chupé bolsas de plástico y comprendí la fascinación por ese hábito, por ese vicio. Tomé un poco de agua para bajar de ese delirio. Me acosté en el sofá patas para arriba y entonces me puse a ronronear canciones de los Rolling Stones. Empecé mi repertorio con "Catisfaction", seguí con "Angie" y "Wild Horses". Marqué con la cola cada compás, cada golpe, inflando el pecho y haciéndolo vibrar.
Afile las uñas en la funda de la guitarra y cuando me di cuenta que estaba lista, subí a la mesa para elegir qué objeto tiraría y usaría para jugar. Me pareció que el lápiz iba a ser la mejor opción. Lo acompañé con mi pata hasta el borde, lo tiré y contemple el impacto contra el suelo. Bajé inmediatamente y me puse a jugar.
Por último salí al balcón y debo reconocer que fue difícil lograr la pose de esfinge, traté de hacer mi mejor esfuerzo, no estuvo tan mal, supongo que debe ser cuestión de práctica. Cuando logré la posición, estiré mi cuello y contemplé la luna. Jamás la había visto con estos ojos. Quedé hipnotizada y no paraba de pensar en saltos y formas para poder llegar a ella.
Cuando el sol comenzó a desplazar a la luna, tuve sueño y me fuí al sillón de mi abuela. Di varias vueltas sobre mi propio eje, junte la cara con la cola, cerré los ojos y entré en un sueño profundo. Soñé con la luna, con su superficie de nylon, con una escalera infinita para llegar a ella. Me despertó el golpe de la puerta que se cerraba y seguí durmiendo. Cayó la tarde y mi gata con mi cuerpo no volvía. Se escondió el sol y nada. La luna se posó en lo alto del cielo y nada. Nadie puso aceitunas en el piso. Igualmente comencé a perseguir moscas, mosquitos y polillas. Salté por los muebles. Me bañé y lamí el cuerpo entero. Chupé bolsas. Ronronié canciones. Me afilé las uñas. Tiré de la mesa un corcho y jugué con eso. Salí al balcón y miré la luna. Tuve sueño. Me fui a dormir. Soñé con la luna. Comenzó la mañana, pero ella no volvía. De nuevo la tarde, ella no volvía. Se hizo de noche y nunca más volvió. Se fue conmigo, con mi cuerpo. Me dejó con ella, con su cuerpo. Ahora yo soy la gata muy maja, muy maca, yo soy mi propia gata.
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1601146249996
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| Ilustrado por Ameskeria |
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lunes, 11 de enero de 2016
"Había una vez una gata. Muy maja, muy maca... les estoy hablando de mi gata. Ella vivía tranquila. Jugaba por las noches y dormía de día."
Próximamente "Había una vez una gata"
Ilustrado por: Amerskeria
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viernes, 8 de enero de 2016
Fragmento "Año de fin feliz"
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miércoles, 6 de enero de 2016
Carolina Carballo ilustra "Año de fin feliz!
Creo que Carolina Carballo podría pasarse muchísimo tiempo sin parar de bailar. De verdad lo digo. No exagero. Ama tanto bailar que sería su mejor paraíso. Y si el escenario fuese la playa más aún. Y si esa playa estuviese llena de perritos, sería ideal. Bailaría, y bailaría sin importarle nada más. Diseñaría con tramas, texturas y formas la mejor coreografía. Nos deleitaría con un poco de jazz, ballet, ritmos africanos, algo de forró, hip hop y el paso moon walking.
Y en ese lugar sin tiempo, cada uno de sus pasos se transformarían en trazos de diversos colores. Con un pincel pintaría una suave melodía que acompañaría su danza. Sus saltos serían manchones de acuarelas que impactarian en papel y se desparramarían por los poros a pura vida. Sus manos se moverían con vectores de illustrator. Y su pelo al viento se esfumaría con óleo pastel.
Al finalizar, todos estaríamos dentro de su cuadro aplaudiendo enceguecidos por su arte de baile ilustrado... Y los perritos, claro, ladrarían felices.
Y en ese lugar sin tiempo, cada uno de sus pasos se transformarían en trazos de diversos colores. Con un pincel pintaría una suave melodía que acompañaría su danza. Sus saltos serían manchones de acuarelas que impactarian en papel y se desparramarían por los poros a pura vida. Sus manos se moverían con vectores de illustrator. Y su pelo al viento se esfumaría con óleo pastel.
Al finalizar, todos estaríamos dentro de su cuadro aplaudiendo enceguecidos por su arte de baile ilustrado... Y los perritos, claro, ladrarían felices.
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| http:// |
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| El espacio donde Caro disfruta y trabaja :) |
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| Lo he dicho, le gustan mucho mucho los perritos :) |
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| La postal de "Año de fin feliz" |
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miércoles, 30 de diciembre de 2015
Año de fin feliz
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| Ilustración: Carolina Carballo |
El mundo occidental no siempre se guió por el calendario que hoy conocemos. En la Grecia antigua nadie hacía promesas del tipo “este año dejo de fumar” al iniciar enero. Supongo que Marco Antonio nunca publicó en facebook “¡Vamos con todo este es mi año!”. Ni en el Egipto de Cleopatra se escuchaba la frase “Nos tenemos que ver antes de que se termine el año” en los primeros días de diciembre. Pero desde que un Papa llamado Gregorio propuso e impuso el calendario Gregoriano, los primeros de enero, son para muchos una línea de salida en una carrera 12k llamada “Año”.
Para nuestro protagonista, estas consideraciones nunca tuvieron peso. Sin embargo, cuando vivió su año más nefasto, sí llegó a desear, con todas sus fuerzas, alcanzar cuanto antes la llegada y poder terminar la maratón anual.
Eduardo era un tipo tranquilo. Nunca se metía con nadie. Pero sí muchas cosas se metían con él. Ya había pasado mitad de siglo en esta tierra. Estaba casado desde hacía veintitrés años. Tenía tres hijas mujeres. Había deseado muchísimo el varón. Había soñado con hacerlo socio del club de sus amores ni bien naciera e ir a la cancha, hablar de fútbol, de estadísticas deportivas, jugar algún partido juntos. Pero no. No pudo hacerlo. Tuvo que conformarse con llevar a sus hijas a patín, gimnasia artística, tela. Hablar de princesas, cuentos de hadas, pintarse los labios y las uñas de rosa, comprar toallitas femeninas en el super a granel.
El año de Eduardo no había comenzado muy bien. Desde la madrugada del primero de enero, cuando volvía con su familia a su casa, vieron desde la entrada del edificio que no había luz. Respiró hondo y se dispuso a subir los diez pisos que separaban su casa del hall de entrada.
Los días pasaban y la luz no volvía. La ola de calor se adueñó de la ciudad y los termómetros marcaban treinta y seis grados de sensación térmica. Eduardo estuvo sin luz por varias semanas. Su heladera no enfriaba, su ventilador no refrescaba, mientras tanto su mente se hinchaba y calentaba. “Tranquilo, todo se va a solucionar, queda un largo año por delante” se decía a sí mismo.
A principios de Marzo, precisamente el día ocho, llegó con cuatro rosas, para homenajear a las mujeres de su casa. Cuando le entregó la flor a su hija del medio, que estaba por cumplir los dieciséis años, ella le dijo:
–¡Gracias papucho, sos el mejor, vas a ser un gran abuelo! –mientras le daba un beso en la mejilla.
Eduardo se rió. Pero luego se puso serio, no había entendido. El “¡Vas a ser un gran abuelo!” no era una apreciación para dentro de varios años. Era algo que iba a pasar en ocho meses. Su segunda hija estaba embarazada. Eduardo tragó saliva y se dijo a sí mismo: “Tranquilo, todo se va a solucionar, quedan meses por delante”.
Durante el segundo trimestre del año, Eduardo tuvo que respirar hondo varias veces. Se le fundió el motor del coche, así que tuvo que gastar bastante dinero en el arreglo de su vehículo. En una inundación que sufrió su local perdió un lote de diez mil resmas de papel, que había conseguido comprar a buen precio. Pero lo peor fue cuando conoció al futuro padre de su nieto. El chico era fanático de su equipo rival. Llevaba un tatuaje con el escudo del club en el brazo. Y le llevó de regalo al bebé una pequeña camiseta con los colores que más despreciaba Eduardo. Respiro hondo y pensó “Tranquilo, todo se va a solucionar, los buenos meses ya van a llegar”.
Había pasado la mitad del año y en pocos días iniciaba la primavera. Eduardo se sentía más a gusto en la nueva estación, estaba más animado, rejuvenecido, entonces se animó a pensar: “Todo pasa rápido, hay que aprovechar más y quejarse menos”. Duró muy poco el optimismo, cuando fue a saludar a su canario Tito, que estaba con él desde hacía doce años, lo encontró inmóvil y callado. Tito había pasado a mejor vida. Por primera vez en el año Eduardo lloró y entonces empezó a agrietarse esa convicción que lo sostuvo firme hasta ese momento, su pensamiento cambió: “Tranquilo, queda poco para terminar este año”.
El último tramo del calendario, fueron días para olvidar, estuvo plagado de malas noticias. Le chocaron el coche en el estacionamiento del shopping. Tuvo que viajar un mes en colectivo a su trabajo. Durante ese mes hubo diez paros de transporte. Entonces optó por usar la bicicleta. La bici se la robaron a los cinco días de empezar a usarla. Intentó salir con tiempo de su casa e ir caminando. Por ir caminando tropezó en la calle, donde estaban haciendo un arreglo y habían dejado un gran hueco sin señalar, Eduardo sufrió un esguince. Por el esguince fue a la guardia del hospital y estuvo esperando cuatro horas para ser atendido. Le pusieron un yeso por un mes. Durante el mes del yeso, la ciudad sufrió la ola de calor más grande de los últimos cincuenta años. Encerrado en su casa. Antes de navidad. Se sentó en el sofá con la pierna apoyada en un banquito y una cerveza medio fría en su mano y el ventilador apuntando hacia él. Quiso mirar sólo y tranquilo el último partido del año que definía si su equipo mantenía la categoría de primera A o descendía a la B. Eduardo pensó “Tranquilo, ya pasaron bastantes cosas este año, no puede ser tan malo, vamos a ganar y a salvarnos”. Su equipo perdió 5 a 0.
Ya casi rendido, en el final del recorrido, la última semana de diciembre le sacaron el yeso. Eduardo había perdido varios kilos y las ganas de ver al padre de su nieto, vecinos y amigos que lo harían blanco de todas las cargadas futbolísticas habidas y por haber. Quedaban dos días para terminar su trágico año. Decidió alquilar un barril con veinte litros de cerveza, para la cena del 31 de diciembre, en casa de su hermana, con toda su familia. Quería sacarse la mufa del año bebiendo una buena cerveza con los suyos.
Entonces llegó el ansiado y último día del año. A unos metros, a unas horas estaba el final. La mujer de Eduardo, estaba alterada preparando el matambre relleno, el salpicón de ave y la ensalada de fruta.
–Eduardo podes hacer algo. Guardá por favor en la bolsa las botellas de ananá fizz que puse en el freezer.
–¡Mamaaaaaa! ¿Dónde está la planchita? –Preguntó la menor de las hijas.
–¡Ay no se nena! Buscala vos que estoy cortando el matambre. Ya me la veo a tu hermana Eduardo, criticando y diciendo que el matambre me salió seco. Todos los años lo mismo.
-¡No me compraron los pañales que les pedí!- Dijo la hija del medio mientras le daba la teta al bebé que no paraba de llorar.
–No sé, tu padre se encargaba de eso ¿Los compraste Eduardo?
Las voces femeninas, se superponían y giraban alrededor de Eduardo sin tiempo a que el contestara, y si contestaba igual sabía que no lo iban a escuchar. Entonces, Eduardo se repitió una vez más a sí mismo “Tranquilo, ya es 31”.
Aunque el plan era salir temprano, entre qué ropa me pongo, planchame esta falda, me tengo que secar el pelo, maquillarme, agarrar el matambre, salieron sin tiempo. La casa de Eduardo y la de su hermana, estaba a una distancia de cuarenta minutos en coche. Pero ese día el viaje terminó siendo de tres horas y media. En el camino se pinchó una rueda del automóvil. Eduardo no tenía la rueda de auxilio. Tuvo que llamar a la grúa y al ser una fecha tan complicada, se demoró en venir.
Llegaron pasadas las diez de la noche a casa de su hermana. Todos los estaban esperando. También es verdad que esperaban la chopera que Eduardo había dicho que llevaría. La mesa ya estaba preparada. Como no entraban todos en la tradicional mesa que estaba en el living, habían agregado dos caballetes y utilizado una puerta a modo de tabla para prolongar el espacio del banquete. Hacía calor, los ventiladores estaban encendidos al máximo. Los manteles con motivos navideños, eran opacados con las fuentes llenas de vitel toné, ensalada rusa, que había hecho la hermana de Eduardo y sumaron el salpicón de ave y el matambre que había hecho su mujer. En el patio el dueño de casa, daba vueltas las achuras, acomodaba el fuego y les contaba a todos sobre el chimichurri especial que había hecho.
En la mesada de la cocina, en un frágil equilibrio y desafiando la gravedad, había una especie de torre de jenga, formada por varios pan dulces. A los pies de esa escultura espontánea, descansaban los turrones y confites, listos para ocupar la mesa, antes del brindis.
Aunque faltaban horas para las doce, ya se escuchaba, desde temprano, el ruido de los petardos. Cada tanto el cielo se iluminaba con los fuegos artificiales que tiraban los vecinos y algunos globos de papel con fuego se elevaban hacia la luna.
Eduardo se fue al patio con su cuñado y sobrinos a instalar la chopera. No era difícil armarla, pero requería de cierta paciencia. La colocaron en una mesa especial. Como notaron que el aparato estaba goteando pusieron algo para atrapar la bebida y que no se manchara el piso. Uno de los sobrinos de Eduardo tomó el tacho en donde bebía agua el perro y lo colocó debajo de la pérdida.
No pudieron gozar de la refrescante bebida, porque las mujeres llamaron a todos a la mesa para empezar a comer de una vez por todas.
La más pequeña de la familia pidió un aplauso para los que habían hecho la comida. Una cuñada quiso decir unas palabras y pidió un brindis por el año que se iba y la abuela se quedó dormida, después de darle el primer bocado al vitel toné.
El reloj marcaba las 23:50. Las mujeres levantaron la mesa, quitando la comida salada e instalando encima las cosas dulces y las bebidas espumantes para el brindis.
Los hombres salieron a fumar al patio y retomaron su trabajo junto a la chopera. El cuñado de Eduardo notó que el tacho que habían colocado debajo del aparato estaba vacío, pero la gotera aún existían. Entonces vieron al perro de la familia, que caminaba algo mareado. “¡Pusimos en pedo al Chipi!” exclamó uno de los sobrinos. Todos rieron mientras el perro se resbalaba en el patio.
Quedaban cinco minutos para las doce. Las mujeres gritaban desde adentro. “Apurate papá que la tele dice que faltan cuatro minutos.”
Eduardo estaba agotado, había llegado lesionado, enojado, sin aliento, sin ánimo, con menos dinero, y su equipo en la B. Pensaba: “Tranquilo, ya se termina. Año nuevo, vida nueva. En unos minutos borrón y cuenta nueva.”
Entonces puso su chop delante de la canilla que iba a darle su esperada bebida. Y gritó al aire con todas sus fuerzas:
–¡Chau año de mierrrrrrda! ¡Ya no me podés joder más! –presionando la perilla del barril.
De fondo se escuchaba el conteo del presentador de la tele al unísono con las voces femeninas que estaban dentro
–Tres, dos, uno…
– ¡¡¡Buuuuuuuum!!!
La chopera explotó y la cerveza empezó a volar por el aire, como si fuese una fuente de aguas danzantes. Los veinte litros de bebida quedaron esparcidos por el techo, paredes, piso, pelo, cuerpo y ropa de Eduardo. El barril que no soportó la presión por el fallo en la serpentina de enfriado, explotó y se desparramó en trozos metálicos que sonaron al caer al otro lado de la medianera. A su vez los petardos y fuegos artificiales eran cada vez más intensos. La sirena de los bomberos sonaba sin cesar. Y César el vecino del al lado, pegó un tiro al aire, con su calibre 22, para recibir el nuevo año.
Los sobrinos, cuñados, se reían sin entender qué había pasado. Eduardo inmóvil, con su vaso en la mano, que apenas había atrapado algo de cerveza, no reaccionaba. Primero se le dibujó una mueca en la cara. Se rió suave, al principio, y luego más y más fuerte. Hasta que paró y les dijo a todos: “Tranquilos que esto recién empieza ¡Feliz año nuevo!”.
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lunes, 28 de diciembre de 2015
"Pero desde que un Papa llamado Gregorio propuso e impuso el calendario Gregoriano, los primeros de enero son para muchos una línea de salida en una carrera 12k llamada “Año”.
Para nuestro protagonista, estas consideraciones nunca tuvieron peso. Cuando vivió su año más nefasto, sí llegó a desear, con todas sus fuerzas, alcanzar cuanto antes la llegada y poder terminar la maratón anual."
Proximamente "Año de fin feliz"
Ilustrado por: Carolina Carballo
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jueves, 24 de diciembre de 2015
martes, 22 de diciembre de 2015
Señorita Lylo ilustra "Los 80 golpes"
—Señorita Lylo, ¿Querés bordar uno de mis cuentos? —pregunté
—¡Sí, claro! —me respondió.Entonces comienza. Busca referencias. Propone mil propuestas. Qué tal punto, tal hilo, “puedo hacer la trama con cadeneta”, 3d, aguja mágica o el hilo perlé...
Hay algo que nos une con Señorita Lylo, y no es una unión hecha de hilos. Algo profundo, como el alma. Uniones que nunca se rompen a pesar de la distancia.
Puedo completar sus frases y ella sabe interpretar mis palabras bordando uno de mis cuentos…
¿Será que en otra vida fuimos hermanas?...
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| "Los 80 golpes" Ilustra/borda: Señorita Lylo |
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| El espacio donde trabaja, hila y sueña Señorita Lylo (PH:Elena// elapartamentophoto.com) |
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| Señorita Lylo con sus hilos. (PH:Elena// elapartamentophoto.com) |
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| Los primeros bocetos antes de bordar. |
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| "Pensás que en cada golpe está dejando el año entero, con sus aciertos y fracasos. " |
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| "–Cuarenta y tres, cuarenta y cuatro… ¿Me das una manito? Fijate de mezclar la manteca, con la ralladura de limón y azúcar ahí en el bowlcito." |
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| "Observas como la lluvia de nueces y pasas quedan atrapadas por la pasta de manteca, limón, azúcar y reciben el aroma del moscato que se impregna en su textura." |
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| "Te invade un deseo de tener las mismas ganas de cocinar. De continuar y perpetuar ese ritual, esa tradición familiar. Comenzás a imaginarte madre. Cocinando la torta en navidad." |
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